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Unidad

En el parque hay un camión. Uno de esos grandes de verdad. De los que tienen esas cajas blancas cerradas en las que hace mucho frío, solo cuando el motor está en marcha. El camión tiene, un motor en marcha. Se escucha ruido, o mejor dicho, un sonido continuo y repetitivo, una especie de vibración permanente que rompe los sonidos habituales.

En el parque hay muchos árboles y hay viento. A esta altura de la primavera las hojas tienen un tamaño considerable. Al fijarles la vista, las hojas bailan, les cuesta tocarse, aunque lo hacen. Van y vienen, suben y bajan en una danza que no conoce de coreografías. Las hojas son el complemento especial para ese viento incesante y suave.

En el parque hay tres varones. Bailan alrededor de una pelota que rueda. Hacen todo tipo de figuras intentando dominarla. El individuo que más la domina parece ser el más feliz. Son tres puntos de una figura geométrica que se desliza sin parar desde sus vértices, generando miles de variantes mientras lo hacen.

En el parque hay un juego. Enorme. Por una extraña convención social los juegos son de uso casi exclusivo de las personas que transitan la niñez. Son muchas. Todas al mismo tiempo recorren las partes de ese enorme juego. Van y vienen, suben y bajan, dibujan infinitas líneas, pero mantienen una regla básica: no se chocan. Conviven en ese espacio con una sincronía que evita todo conflicto.

En el parque hay un grupo de cuerpos. Se mueven. Generan sonidos. Deslizan en el aire variedad de curvas con sus manos. Transitan con la mirada miles de recorridos posibles. Se acomodan junto al viento y son una sola cosa. Sostienen la continuidad y la cambian por más movimiento. Van y vienen, suben y bajan. Ven sin mirar.

La unidad está presente. Los elementos se fusionan. Aparecen universos de unidades que conviven en un espacio. Los cuerpos juegan a parecerse al viento, juegan a parecerse a las hojas, juegan a parecerse a esos niños.

Sin reglas.

La unidad de los cuerpos, el ensamble con los sonidos y la convivencia imperceptible con el entorno.

El camión junta sus cosas. Las hojas están en reposo.  La pelota aparece quieta. La niñez se ha ido. Los cuerpos descansan. Todo vuelve a la normalidad.

La música que nos hace mover es la que recupera esa esencia milenaria que está guardada en cada uno de los cuerpos. Una memoria que atraviesa miles de años, y recupera la experiencia de vivir la música en movimiento, sin más.

Ayub Ogada, músico y cantautor keníata, nacido en Mombasa en 1956 es uno de los incontables artistas que han roto todas las barreras para trascender las fronteras que separan la música ancestral de los circuitos masivos de circulación de la música.

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