Todas las entradas bajo "Viajes"

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Anonimato

Durante el 2017 se cumplieron cien años del nacimiento de dos de los artistas más importantes de la música popular latinoamericana. Violeta y el Cuchi comparten una virtud difícil de encontrar y que es considerado como el principal elogio para la obra de cualquier artista musical.

Sus canciones han sido incorporadas al imaginario popular y esa incorporación prescinde por completo del conocimiento de su autoría. Tal como lo relata Manolo Juárez en la presentación de aquel memorable concierto del Cuchi en 1983, retomando la máxima de Yupanqui que reconocía en el anonimato de las obras la culminación del camino al reconocimiento.

Es conocida la historia que relata el Cuchi cuando, al cruzarse con un joven que pasaba en bicicleta silbando la Zamba del pañuelo, él le pregunta si conocía la canción. El joven le contesta que no, que solo la silbaba porque le gustaba.

“Esa es la función social de la música”, decía Leguizamón. No importa como se llama la canción, mucho menos quien es su autor o autora. Lo único importante es que acompaña a ese joven en su andar.

Con Violeta pasa algo similar. Ella también fue un puente entre las obras presentes en la cultura desde tiempos remotos y las formas modernas de difusión y circulación. Su cancionero es en gran parte el fruto de interminables recorridos por lo más profundo de la cultura trasandina y del inquebrantable compromiso con los tiempos que le tocó vivir.

Mariana Baraj y Fernando Barrientos han combinado el repertorio de ambos artistas en una serie de recitales como homenaje, de allí surgen estos 14 ejemplos, 14 canciones para recordar y tener siempre a mano para seguir silbando cuando vamos de aquí para allá.

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Extraordinario

El 1 de diciembre ocurrirá un encuentro por primera vez. Dos músicos que, para los esquemas habituales del pensamiento musical tienen poco que ver entre sí.

El Chango Spasiuk es uno de los músicos más extraordinarios de la la actualidad. Dotado de un silencio y una constancia poco vistas en la escena, además de ser uno de los divulgadores más prolíficos del folklore de las profundidades de nuestra cultura, ha sido uno de los precursores en llevar a la práctica el encuentro entre los mal llamados “géneros musicales”.

El 24 de octubre de 1992 se subió al escenario de Obras Sanitarias para compartir una versión de “Ortega y Gases” con Divididos. Ese día Mollo lo presentó como “el mejor músico del mundo”. Por aquellos tiempos -y durante varios años- el público arengaba de manera insistente la falsa dicotomía entre Luca y Cerati, en ese contexto de enfrentamiento entre tribus musicales era una rareza, y todo un desafío, que un folklorista sea parte del mundo del rock. El Chango fue uno de los primeros.

Pedro Canale, mejor conocido como Chancha Vía Circuito, es uno de los productores y compositores más innovadores de las última década en nuestro país. Mientras en todo el mundo el mestizaje musical es casi natural en estas tierras los cruces entre géneros continúa relegado a tribus que, aunque se amplían día a día, no terminan de convertirse en un fenómeno popular.

Muchos lo conocieron por su composición que reinterpreta “Quimey Neuquén” de José Larralde y que fue utilizada en el décimo capítulo de la quinta temporada de Breaking Bad. Otros porque lo escuchan desde Rodante (2008) su primer disco editado por ZZK Records, el sello que creó el colectivo Zizek para difundir sus propias producciones.

El viernes primero de diciembre se cruzarán en un escenario, el recorrido profundo y arraigado en músicas de origen como las polkas y los chamamés, la tierra colorada y la magia del acordeón; con los sonidos provenientes del beat que surge desde el conurbano bonaerense pero que no reconoce fronteras.

Un encuentro entre músicos ensañados en tomar las raíces del sonido y llevarlas hasta donde sea necesario.

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Unidad

En el parque hay un camión. Uno de esos grandes de verdad. De los que tienen esas cajas blancas cerradas en las que hace mucho frío, solo cuando el motor está en marcha. El camión tiene, un motor en marcha. Se escucha ruido, o mejor dicho, un sonido continuo y repetitivo, una especie de vibración permanente que rompe los sonidos habituales.

En el parque hay muchos árboles y hay viento. A esta altura de la primavera las hojas tienen un tamaño considerable. Al fijarles la vista, las hojas bailan, les cuesta tocarse, aunque lo hacen. Van y vienen, suben y bajan en una danza que no conoce de coreografías. Las hojas son el complemento especial para ese viento incesante y suave.

En el parque hay tres varones. Bailan alrededor de una pelota que rueda. Hacen todo tipo de figuras intentando dominarla. El individuo que más la domina parece ser el más feliz. Son tres puntos de una figura geométrica que se desliza sin parar desde sus vértices, generando miles de variantes mientras lo hacen.

En el parque hay un juego. Enorme. Por una extraña convención social los juegos son de uso casi exclusivo de las personas que transitan la niñez. Son muchas. Todas al mismo tiempo recorren las partes de ese enorme juego. Van y vienen, suben y bajan, dibujan infinitas líneas, pero mantienen una regla básica: no se chocan. Conviven en ese espacio con una sincronía que evita todo conflicto.

En el parque hay un grupo de cuerpos. Se mueven. Generan sonidos. Deslizan en el aire variedad de curvas con sus manos. Transitan con la mirada miles de recorridos posibles. Se acomodan junto al viento y son una sola cosa. Sostienen la continuidad y la cambian por más movimiento. Van y vienen, suben y bajan. Ven sin mirar.

La unidad está presente. Los elementos se fusionan. Aparecen universos de unidades que conviven en un espacio. Los cuerpos juegan a parecerse al viento, juegan a parecerse a las hojas, juegan a parecerse a esos niños.

Sin reglas.

La unidad de los cuerpos, el ensamble con los sonidos y la convivencia imperceptible con el entorno.

El camión junta sus cosas. Las hojas están en reposo.  La pelota aparece quieta. La niñez se ha ido. Los cuerpos descansan. Todo vuelve a la normalidad.

La música que nos hace mover es la que recupera esa esencia milenaria que está guardada en cada uno de los cuerpos. Una memoria que atraviesa miles de años, y recupera la experiencia de vivir la música en movimiento, sin más.

Ayub Ogada, músico y cantautor keníata, nacido en Mombasa en 1956 es uno de los incontables artistas que han roto todas las barreras para trascender las fronteras que separan la música ancestral de los circuitos masivos de circulación de la música.

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Continuidad

Ya no leo como antes. Ni en extensión ni en profundidad. Me dejo interrumpir demasiado por las pantallas y las notificaciones que desarman el clima. No recuerdo cuando fue la última vez que estuve tres horas leyendo sin parar.

Hoy, por primera vez en más de siete años de vida, Amanda mantuvo su atención en un mismo objeto durante más de tres horas sin interrupciones.

Ese objeto es un libro.

Eso no la convierte en un ser especial, ni a ella ni a ninguno de los y las que la rodeamos. Es, tan solo, el resultado de un largo proceso.

Desde siempre supimos que las pantallas no son recomendables para las niñas pequeñas (para los niños tampoco). Jamás le dimos un teléfono o tablet para entretenerla mientras hacíamos otra cosa. Los dispositivos electrónicos son para ella un elemento más dentro de su universo lúdico.

Cada noche, desde que nació, se duerme luego de escuchar cuatro o cinco cuentos. Y lo mismo en sus siestas. Casi nunca nos negamos a interrumpir lo que estamos haciendo para aceptar su pedido de lectura de un cuento.

Hoy, por primera vez en su vida, se sentó en la mesa de la cocina a leer uno de sus libros de historietas. Me avisó que iba a leerlo todo. Allí estuvo, sentada, con la vista clavada en esas páginas, inmersa en vaya uno a saber que mundos.

Nada la había interrumpido, ni yo, ni ninguna notificación. Hasta que levantó su mirada.

El 9 de diciembre de 1964 John Coltrane grabó junto a su cuarteto lo que muchos consideran su obra maestra: “A Love Supreme” (Un amor supremo). Casi la totalidad de la obra de Coltrane está directamente relacionada con el momento histórico y político de plena efervescencia sobre los reclamos por los derechos civiles de la comunidad afroamericana en USA.

Pero en este caso “A love supreme” es un disco espiritual, el resultado de la búsqueda de Coltrane hacia la trascendencia. Algunos dicen, la búsqueda de un camino que lo acerque a Dios. Para mi, su búsqueda de mostrar su virtuosismo a través de la continuidad infinita.

Amanda levanta la mirada y pregunta “¿Ese señor va a hacer ese ruido para siempre…?”

Miro y van casi siete minutos del tercer movimiento de la suite, se llama Pursuance, en criollo, prosecusión, la continuidad de algo que ha empezado.

La única continuidad que nos gobierna últimamente es la de darle para arriba sin parar a las novedades de las redes sociales, intentando encontrar algo, sin saber muy bien que. Una continuidad de miles de fragmentos incongruentes.

Continuidad que se opone a la posibilidad de dedicar el tiempo que sea necesario a contemplar e indagar un libro, un disco, una charla o simplemente lo que la ventana nos muestre.

Continuidad que se opone a la posibilidad de tomar un objeto y dejarnos llevar a vaya uno a saber hasta que mundos.

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Caminar

Caminar tiene efectos secundarios temerarios. En primer lugar estimula el pensamiento. Decía Nietzsche que “hay que sentarse lo menos posible: no creer en ningún pensamiento que no haya surgido al aire libre y estando nosotros en movimiento“.

El filósofo alemán sostenía que el sedentarismo envenena la humanidad. “Estamos acostumbrados a pensar al aire libre, caminando, saltando, subiendo, bailando“.

Para la economía tradicional caminar es tiempo perdido, no produce riqueza.

Rimbaud, Rousseau, Thoreau, filósofos y artistas que vivieron el incipiente desarrollo arrasador del capitalismo se preguntaron “¿Qué provecho saco de una larga caminata por el bosque? El provecho es nulo: no se ha producido nada que pueda luego venderse”.

Mucho más acá en el tiempo el filósofo francés Fréderic Gros, publicó su ensayo “Andar, una filosofía” donde recopila estas y otras historias vinculadas con el andar, la desobediencia, el disfrute y la creatividad. Allí señala que “en la marcha, la señal auténtica de la seguridad en uno mismo es la lentitud. Pero con ello me refiero a una lentitud del caminante que no es  exactamente lo contrario de la velocidad. Es ante todo la extrema regularidad de los pasos, su uniformidad. Hasta el punto de que casi se diría que el buen caminante se desliza, o más bien habría que decir que sus piernas giran, formando círculos”.

La misma regularidad, la misma circularidad presente en la música y algunas de sus formas. La misma regularidad presente en los números y algunas de sus formas. El movimiento incesante, continuo; que atraviesa el paisaje acompañado de los pasos que se suceden de nota en nota, de acorde en acorde.

Ulises Conti es un pianista y compositor. Productor, poeta y creador multifacético argentino. Nacido en 1975 es uno de los artistas más prolíficos y transversales de su generación. Sus obras y colaboraciones van desde Artefactos para dibujar sonidos (2005), una intervención musical para una de las instalaciones de León Ferrari; hasta su abecedario musical Los Griegos creían que las estrellas eran pequeños agujeros por donde los dioses escuchaban a los hombres (2014) que se compone de 27 temas: uno para cada letra del abecedario; pasando por variedad de piezas musicales originales para danza y obras teatrales.

Entre toda su obra, se destacan sus discos Los Paseantes (2007) y Bremen (2016) y los proyectos Caminar y Escuchar y Los Contempladores. Allí se recopilan los sonidos de diversas recorridas, caminatas y paseos. En variedad de situaciones personas son invadidas por sonidos y en todos ellos se combina la contemplación del ambiente y los sonidos que lo rodean.

Su último y reciente disco se llama 1234,8. Conti aborda en él por primera vez de manera íntegra las variantes dentro de la música electrónica.

1.234,8 es la velocidad a la que viaja el sonido. 1234,8 kilómetros por hora es el límite en el que se produce el boom sónico cuando cualquier artefacto supera esa marca. Los nombres de los temas son fracciones de ese número; la suma total de las piezas dan como resultado 1234,8.

Un arquitecto de los sonidos, en un obra dedicada a la velocidad de la luz para caminar a paso firme mientras se pierde el tiempo, pensando, haciendo nada productivo, a la vez que se contempla como esos sonidos se funden con el paisaje.

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Fruto

En 1939 ella cantó por primera vez fuera del Harlem. Lo hizo en el Café Society. Allí donde se hacían juntadas políticas y era habitual que Abel Meeropol, una maestro de escuela, judío y comunista, cantara sus propias composiciones musicales. Cuando le mostró la canción por primera vez, ella no estaba convencida, pero de todas maneras le dijo a sus músicos que podía hacerlo.

La revista Time, escribió un pequeño artículo durante esos días, luego de sus presentaciones, en el que lamentaba que el jazz se haya politizado y en un arrojo de subestimación común para la época el cronista escribió: “ella seguramente no entiende la letra de lo que canta“.

“Un fruto extraño cuelga de los árboles del Sur galante.
Un cuerpo negro que se balancea en la brisa como en una pastoral
los ojos saltones, la boca en una mueca
el aroma dulzón de las magnolias y la carne quemada
que a los cuervos les gusta picotear
a la lluvia empapar y al viento balancear
es el fruto de una amarga cosecha”.

Difícil que alguien que cante esa canción no entendiera lo que había escrito Meeropol luego de ver el cuerpo colgado de un árbol de un afroamericano linchado.

En una edición de 1999, casi 60 años después, la revista Time definió a “Strange Fruit” (fruto extraño) como la mejor canción escrita durante todo el siglo XX. Seguramente esa canción no sería lo que es, si Billie Holiday hubiera evitado cantarla como lo hizo. Así, con la mirada perdida y los dientes apretados masticando la bronca que genera tanta violencia recibida.

Esta es una de las historias que cuenta el periodista Diego Fischerman en su último libro “El sonido de los sueños y otros ensayos sobre música”

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Dos amenazas

Una tremenda amenaza se acerca, mientras las personas contemplan al vocero. Al percibirla los adultos no hacen más que escapar. Una imagen que atraviesa el bosque, un supuesto peligro inminente, ante semejante espanto no parece existir otra alternativa más que correr. El líder y los espectadores huyen. El desconocimiento, la indiferencia, el miedo, la incapacidad permiten huir.

La amenaza se diluye, el acercamiento permite suponer que no habría mucho a que temer.

El viento al fin serás es la primera canción que conocemos de Lo perdido el disco de Diego Martez que se publica este 14 de julio.

Otra amenaza vive en el tiempo, no posee territorio. Se mueve. Lleva consigo la cultura y la propia historia y carga sobre sí los prejuicios y condenas ajenas. Se mueve. Regresa y se reencuentra con su lugar. Comparte con los suyos el milagro de estar vivo. Pero para el afuera se constituye en amenaza permanente. Mientras agradece, baila a orillas del mediterráneo, del otro lado de la civilización.

Territory es parte del último EP de The Blaze, un dúo francés de música electrónica que está más acostumbrado a hacer excelentes piezas audiovisuales que música para pistas de baile.

 

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Desconocido

Es raro ser un completo desconocido. En realidad lo somos casi todo el tiempo, pero nos convencimos de lo contrario. Creemos conocer todo y que todo nos conoce en nuestro corralito cotidiano. Quizá, lo raro es darse cuenta del error.

Salir de la rutina e irse lejos geográficamente puede ayudar. Vivir en el cuerpo, no solo ser un completo desconocido, sino un casi completo desconocedor.

Entonces la pregunta inmediata es ¿cómo conocemos? Cada uno de nosotros podría mirar miles de fotos (como estas), recorrer casi todo el mundo con la vista de calles de Google, podría leer lo que alguien escribe sobre sus viajes, mirar uno o mil documentales. Esa son algunas formas.

Pero resulta que nada de eso se acerca a caminar las calles, perderse, encontrarse, derretirse con 40º al sol, seguir caminando, sentarse a mirar el mar, subirse a un tranvía de madera, caminar más, que te ofrezcan veinte veces drogas en dos cuadras, sentarse en una plaza inundada de turistas a tomar un helado, sentir el olor a pis de las calles sucias, caminar de nuevo y seguir y seguir caminando.

Esas experiencias aparentemente simples y ancestrales, creo yo, esconden lo más sensible y necesario de las formas de conocer. Nuestra experiencia ultra posmoderna está eliminando la riqueza del complejo acto de conocer.

Solo nos ofrece la posibilidad de una mirada.

Lamentablemente (o no) a veces hace falta irse lejos para darse cuenta de lo mismo que podemos ver a nuestro alrededor todos los días.

Una verdad parece ser que no sabemos nada. Y otra, que nunca lo sabremos todo. En el medio solo nos queda lo más importante y necesario para estos tiempos: encontrarnos con lo que nos rodea, sin intermediarios.

Estas fotos son solo postales estáticas de un bello recorrido entre lo desconocido junto a viejos conocidos.

Es raro ser un completo desconocido. En realidad lo somos casi todo el tiempo, pero nos convencimos de lo contrario….

Posted by Germán Batalla on Saturday, July 1, 2017

y este disco fue la banda de sonido de todo el viaje…

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Tres desde Lisboa 

Durante junio la parte popular de la zona histórica de Lisboa realiza sus fiestas en las calles cada fin de semana.

Inundadas de turistas los vecinos arman puestos y escenarios en las calles donde se comen anchoas a la parrilla y se toma mucha, pero mucha cerveza.

Los visitantes del resto de Europa y otras partes del mundo poco afectos al disfrute pleno en las calles, se incorporan instantáneamente al intercambio mediante el idioma universal de la música y el baile.

Canciones tradicionales del fado portugués, acomodadas a un ritmo sostenido y dulcemente bailable, se van intercalando con versiones locales de Despacito de Luis Fonsi, Súbeme la radio de Enrique Iglesias y de clásicos como Levantando las manos del trío bonaerense El Símbolo de 1997.

Una de las canciones que repiten cada noche los músicos que se encargan de animar la velada es Baile de Verão (Baile de verano) de José Malhoa.

Con más de 30 años de carrera musical Malhoa es una máquina de hacer éxitos veraniegos bailables, empezando por Cara de Cigana (Cara de gitana) de 1979 y terminando en el último de ellos, Bateu saudade de 2014.

Por momentos Lisboa podría ser un espejo de Buenos Aires, ciudad portuaria, mestiza, dividida en infinitas partes y moldeada sobre la histórica desigualdad entre norte y sur. Marcada por la variedad de influencias, desde lo arquitectónico a lo urbanístico. Desde su turismo hasta la profunda variedad de las personas que la habitan.

Martín Moniz fue un personaje clave, según cuenta la leyenda, para lograr la recuperación del castillo San Jorge por parte de los cristianos en el asedio de Lisboa entre julio y octubre de 1147, que se encontraba en poder de los musulmanes. Con su cuerpo y su vida impidió que la puerta del castillo se cerrara y así los cruzados pudieron ingresar y recuperarlo.

También es el nombre de una de las estaciones de la red de subte de Lisboa. Se encuentra al pie del barrio que rodea al castillo San Jorge y sobre ella, en una pequeña plaza durante las noches funciona una especie de feria de food truck, esos modernos carritos de comidas, bebidas y helados.

Un DJ pasa música y va mutando del reggae, al reggaeton, llegando a un ambiente electrónico pop que de a ratos pasa por el rap. Algunos turistas arman grupos pequeños para bailar, unos pocos lo hacen disimuladamente, otros se sueltan un poco más.

El baile y la música funcionan nuevamente como punto de encuentro y producen un diálogo permanente entre los cuerpos sin necesidad de la palabra. Pasada la medianoche, mientras nos vamos suena este tema de Kemba, un joven rapero nacido en 1990 en el Bronx y que el propio Kendric Lamar señaló como uno de los raperos más importantes del under neoyorquino.

Sábado, última noche en Lisboa. Buscamos en Google un lugar cercano para cenar. A pocos metros de donde nos alojamos aparece el Restaurante MILI. Tiene muchas y muy buenas reseñas. Vamos.

Nos desorientamos, subimos unas escaleras entre algunos edificios, seguimos subiendo por esas calles angostas y sinuosas que tanto caracterizan esta zona de Lisboa. Llegamos y quien nos recibe lo hace con una contundente bienvenida : “we are only two working, if you want stay, you wait” En un perfecto inglés nos dice vehementemente que son solo dos personas trabajando y que si queremos quedarnos tenemos que ser pacientes. Nos quedamos.

Milton es un inmigrante oriundo de Bangladesh que, junto a su compañera, cocinan los mejores platos que comimos durante estos días en Lisboa. En su local hay solo cinco o seis mesas y tiene el tamaño que puede tener un kiosco o comercio pequeño.

A Milton le gusta conversar. La clave de su restaurante está, mitad en su cocina y mitad en su charla.

La primera pregunta siempre es: “¿Where are you from?” Al decirle que somos argentinos y españoles nos habla de Messi, de Maradona y de lo importante que es el fútbol en su país. Nos cuenta que es habitual que los edificios o las casas cuelguen banderas de distintos lugares del mundo para identificar de que país son hinchas en esos hogares.

A pesar de cocinar excelente, los precios son excesivamente bajos y no tiene la refrigeración suficiente para la bebida ni hielo que ayude a paliar los 30 grados que hace afuera. Le preguntamos por que si cocina tan bien no tiene un local más grande y más personas trabajando con él. Su respuesta es tan contundente como su bienvenida: ellos están bien así, no necesitan más. Ni más lugar, ni más empleados, ni más mesas, todo eso solo le traería más problemas.

Está convencido de hacer las cosas a su manera con lo necesario.

Mientras conversa con los tres australianos que cenan en la mesa de al lado, en la gran pantalla que cuelga de la pared está puesto MTV. Mientras su compañera saca la basura y se prepara para irse, los invita una nueva ronda de cervezas para seguir conversando con ellos.

Por un momento se distrae y se queda mirando unos segundos la TV. Bailarinas indias danzan al ritmo de sonidos que provienen de muy lejos. Están pasando el video de Major Lazer y DJ Snake al que MØ, esa joven danesa, nueva figura del pop, le pone la voz. La canción se llama Lean On y el video es uno de los quince más vistos en youtube con más de 2 mil milllones de reproducciones.

 

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Viajar

La verdad nunca me atrajo mucho viajar, pero esta vez, las ganas de encontrarme con dos personas a las que quiero mucho y hacía mucho no veía me llevó a cruzar el Atlántico, recorrer miles de kilómetros y llegar hasta un barrio que pasaría desapercibido en cualquier otra ciudad, si no fuera por su historia y las personas que allí viven.

En una ciudad bastante desconocida para la mayoría de nosotros existe un barrio llamado Errekaleor. Su historia es larga y compleja pero bien interesante. En él vive la comunidad Errekaleor Bizirik, un grupo de 150 personas que intentan demostrarle al gobierno local y al mundo entero que se puede elegir vivir de otro modo al globalmente impuesto.

Ongi Etorri (Bienvenidxs) Mural en el bloque número uno en la entrada al barrio.
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La ciudad es Vitoria-Gasteiz, una de las cinco ciudades más importantes del País Vasco. El barrio está en los bordes del centro de la ciudad y posee 32 bloques de dos plantas y doce departamentos en cada bloque. El barrio fue abandonado lentamente por sus dueños originales debido a la presión engañosa del ayuntamiento local, quien los obligó a vender a cambio de supuestos mejores lugares para vivir.

Luego de la recuperación inicial de un pequeño grupo de estudiantes hace 4 años, Errekaleor se ha convertido en el mayor barrio ocupado del Estado Español y uno de los más grandes de Europa.

Hace poco menos de un mes, el alcalde local avaló la orden de cortar completamente el suministro eléctrico al barrio. Desde ese día los bloques y las calles quedaron a oscuras. Ese fue el primer paso contundente, luego de años de amenazas, en el camino hacia el derribo del barrio entero.

“De tal palo, tal astilla” se lee en el mural del bloque 22. Allí se ve a Romualdo Barroso junto a su padre. Ambos vivían en ese bloque. El joven fue uno de los 5 muertos en la represión del 3 de marzo de 1976 en Vitoria.
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Al recorrer un poco entendimos las razones, por un lado el barrio se encuentra en un lugar inmejorable para un negocio inmobiliario millonario y por el otro, la organización que allí se desarrolla demuestra otras formas de habitar la ciudad. Nos encontramos una huerta comunitaria que puede abastecer al barrio completo, un centro cultural, un cine-teatro, una panadería, un ropero donde cualquiera puede dejar y retirar prendas gratuitamente, entre otros proyectos comunitarios.

Ante esta situación casi diez mil personas nos manifestamos por las calles de Vitoria el sábado 3 de junio y marchamos desde una de las plazas centrales de la ciudad hacia el barrio. En ese mismo momento la comunidad de Errekaleor lanzaba una campaña de financiamiento colectivo para que cualquier persona del mundo pueda aportar dinero para la instalación de 500 paneles solares que le darán autonomía energética al barrio.

Mientras los habitantes de Errekaleor solo buscan formas de construir más y mejores lazos sociales, el gobierno local solo se empecina en destruirlos.

Concentración en la Plaza de la Virgen Blanca.
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Finalmente, este pequeño recorrido también incluye música para compartir. Luego de la manifestación, Berri Txarrak, una de las bandas más populares del País Vasco, dio un recital sorpresa en el barrio. Un power trío con más de 20 años de carrera y 8 discos editados, con canciones íntegramente cantadas en euskera.

Fui por algunos abrazos y muchas charlas, y me encontré con una comunidad buscando autonomía dentro de otra comunidad buscando autonomía. Con todas las contradicciones que ello implica.

Fui también por los paisajes, y descubrí que a pesar de la distancia que -supuestamente- nos separa, también nos unen las ganas y los pasos concretos en el camino hacia construir otro mundo donde se pueda elegir como vivirlo.