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Fruto

En 1939 ella cantó por primera vez fuera del Harlem. Lo hizo en el Café Society. Allí donde se hacían juntadas políticas y era habitual que Abel Meeropol, una maestro de escuela, judío y comunista, cantara sus propias composiciones musicales. Cuando le mostró la canción por primera vez, ella no estaba convencida, pero de todas maneras le dijo a sus músicos que podía hacerlo.

La revista Time, escribió un pequeño artículo durante esos días, luego de sus presentaciones, en el que lamentaba que el jazz se haya politizado y en un arrojo de subestimación común para la época el cronista escribió: “ella seguramente no entiende la letra de lo que canta“.

“Un fruto extraño cuelga de los árboles del Sur galante.
Un cuerpo negro que se balancea en la brisa como en una pastoral
los ojos saltones, la boca en una mueca
el aroma dulzón de las magnolias y la carne quemada
que a los cuervos les gusta picotear
a la lluvia empapar y al viento balancear
es el fruto de una amarga cosecha”.

Difícil que alguien que cante esa canción no entendiera lo que había escrito Meeropol luego de ver el cuerpo colgado de un árbol de un afroamericano linchado.

En una edición de 1999, casi 60 años después, la revista Time definió a “Strange Fruit” (fruto extraño) como la mejor canción escrita durante todo el siglo XX. Seguramente esa canción no sería lo que es, si Billie Holiday hubiera evitado cantarla como lo hizo. Así, con la mirada perdida y los dientes apretados masticando la bronca que genera tanta violencia recibida.

Esta es una de las historias que cuenta el periodista Diego Fischerman en su último libro “El sonido de los sueños y otros ensayos sobre música”

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Dos amenazas

Una tremenda amenaza se acerca, mientras las personas contemplan al vocero. Al percibirla los adultos no hacen más que escapar. Una imagen que atraviesa el bosque, un supuesto peligro inminente, ante semejante espanto no parece existir otra alternativa más que correr. El líder y los espectadores huyen. El desconocimiento, la indiferencia, el miedo, la incapacidad permiten huir.

La amenaza se diluye, el acercamiento permite suponer que no habría mucho a que temer.

El viento al fin serás es la primera canción que conocemos de Lo perdido el disco de Diego Martez que se publica este 14 de julio.

Otra amenaza vive en el tiempo, no posee territorio. Se mueve. Lleva consigo la cultura y la propia historia y carga sobre sí los prejuicios y condenas ajenas. Se mueve. Regresa y se reencuentra con su lugar. Comparte con los suyos el milagro de estar vivo. Pero para el afuera se constituye en amenaza permanente. Mientras agradece, baila a orillas del mediterráneo, del otro lado de la civilización.

Territory es parte del último EP de The Blaze, un dúo francés de música electrónica que está más acostumbrado a hacer excelentes piezas audiovisuales que música para pistas de baile.

 

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Desconocido

Es raro ser un completo desconocido. En realidad lo somos casi todo el tiempo, pero nos convencimos de lo contrario. Creemos conocer todo y que todo nos conoce en nuestro corralito cotidiano. Quizá, lo raro es darse cuenta del error.

Salir de la rutina e irse lejos geográficamente puede ayudar. Vivir en el cuerpo, no solo ser un completo desconocido, sino un casi completo desconocedor.

Entonces la pregunta inmediata es ¿cómo conocemos? Cada uno de nosotros podría mirar miles de fotos (como estas), recorrer casi todo el mundo con la vista de calles de Google, podría leer lo que alguien escribe sobre sus viajes, mirar uno o mil documentales. Esa son algunas formas.

Pero resulta que nada de eso se acerca a caminar las calles, perderse, encontrarse, derretirse con 40º al sol, seguir caminando, sentarse a mirar el mar, subirse a un tranvía de madera, caminar más, que te ofrezcan veinte veces drogas en dos cuadras, sentarse en una plaza inundada de turistas a tomar un helado, sentir el olor a pis de las calles sucias, caminar de nuevo y seguir y seguir caminando.

Esas experiencias aparentemente simples y ancestrales, creo yo, esconden lo más sensible y necesario de las formas de conocer. Nuestra experiencia ultra posmoderna está eliminando la riqueza del complejo acto de conocer.

Solo nos ofrece la posibilidad de una mirada.

Lamentablemente (o no) a veces hace falta irse lejos para darse cuenta de lo mismo que podemos ver a nuestro alrededor todos los días.

Una verdad parece ser que no sabemos nada. Y otra, que nunca lo sabremos todo. En el medio solo nos queda lo más importante y necesario para estos tiempos: encontrarnos con lo que nos rodea, sin intermediarios.

Estas fotos son solo postales estáticas de un bello recorrido entre lo desconocido junto a viejos conocidos.

Es raro ser un completo desconocido. En realidad lo somos casi todo el tiempo, pero nos convencimos de lo contrario….

Posted by Germán Batalla on Saturday, July 1, 2017

y este disco fue la banda de sonido de todo el viaje…

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Tres desde Lisboa 

Durante junio la parte popular de la zona histórica de Lisboa realiza sus fiestas en las calles cada fin de semana.

Inundadas de turistas los vecinos arman puestos y escenarios en las calles donde se comen anchoas a la parrilla y se toma mucha, pero mucha cerveza.

Los visitantes del resto de Europa y otras partes del mundo poco afectos al disfrute pleno en las calles, se incorporan instantáneamente al intercambio mediante el idioma universal de la música y el baile.

Canciones tradicionales del fado portugués, acomodadas a un ritmo sostenido y dulcemente bailable, se van intercalando con versiones locales de Despacito de Luis Fonsi, Súbeme la radio de Enrique Iglesias y de clásicos como Levantando las manos del trío bonaerense El Símbolo de 1997.

Una de las canciones que repiten cada noche los músicos que se encargan de animar la velada es Baile de Verão (Baile de verano) de José Malhoa.

Con más de 30 años de carrera musical Malhoa es una máquina de hacer éxitos veraniegos bailables, empezando por Cara de Cigana (Cara de gitana) de 1979 y terminando en el último de ellos, Bateu saudade de 2014.

Por momentos Lisboa podría ser un espejo de Buenos Aires, ciudad portuaria, mestiza, dividida en infinitas partes y moldeada sobre la histórica desigualdad entre norte y sur. Marcada por la variedad de influencias, desde lo arquitectónico a lo urbanístico. Desde su turismo hasta la profunda variedad de las personas que la habitan.

Martín Moniz fue un personaje clave, según cuenta la leyenda, para lograr la recuperación del castillo San Jorge por parte de los cristianos en el asedio de Lisboa entre julio y octubre de 1147, que se encontraba en poder de los musulmanes. Con su cuerpo y su vida impidió que la puerta del castillo se cerrara y así los cruzados pudieron ingresar y recuperarlo.

También es el nombre de una de las estaciones de la red de subte de Lisboa. Se encuentra al pie del barrio que rodea al castillo San Jorge y sobre ella, en una pequeña plaza durante las noches funciona una especie de feria de food truck, esos modernos carritos de comidas, bebidas y helados.

Un DJ pasa música y va mutando del reggae, al reggaeton, llegando a un ambiente electrónico pop que de a ratos pasa por el rap. Algunos turistas arman grupos pequeños para bailar, unos pocos lo hacen disimuladamente, otros se sueltan un poco más.

El baile y la música funcionan nuevamente como punto de encuentro y producen un diálogo permanente entre los cuerpos sin necesidad de la palabra. Pasada la medianoche, mientras nos vamos suena este tema de Kemba, un joven rapero nacido en 1990 en el Bronx y que el propio Kendric Lamar señaló como uno de los raperos más importantes del under neoyorquino.

Sábado, última noche en Lisboa. Buscamos en Google un lugar cercano para cenar. A pocos metros de donde nos alojamos aparece el Restaurante MILI. Tiene muchas y muy buenas reseñas. Vamos.

Nos desorientamos, subimos unas escaleras entre algunos edificios, seguimos subiendo por esas calles angostas y sinuosas que tanto caracterizan esta zona de Lisboa. Llegamos y quien nos recibe lo hace con una contundente bienvenida : “we are only two working, if you want stay, you wait” En un perfecto inglés nos dice vehementemente que son solo dos personas trabajando y que si queremos quedarnos tenemos que ser pacientes. Nos quedamos.

Milton es un inmigrante oriundo de Bangladesh que, junto a su compañera, cocinan los mejores platos que comimos durante estos días en Lisboa. En su local hay solo cinco o seis mesas y tiene el tamaño que puede tener un kiosco o comercio pequeño.

A Milton le gusta conversar. La clave de su restaurante está, mitad en su cocina y mitad en su charla.

La primera pregunta siempre es: “¿Where are you from?” Al decirle que somos argentinos y españoles nos habla de Messi, de Maradona y de lo importante que es el fútbol en su país. Nos cuenta que es habitual que los edificios o las casas cuelguen banderas de distintos lugares del mundo para identificar de que país son hinchas en esos hogares.

A pesar de cocinar excelente, los precios son excesivamente bajos y no tiene la refrigeración suficiente para la bebida ni hielo que ayude a paliar los 30 grados que hace afuera. Le preguntamos por que si cocina tan bien no tiene un local más grande y más personas trabajando con él. Su respuesta es tan contundente como su bienvenida: ellos están bien así, no necesitan más. Ni más lugar, ni más empleados, ni más mesas, todo eso solo le traería más problemas.

Está convencido de hacer las cosas a su manera con lo necesario.

Mientras conversa con los tres australianos que cenan en la mesa de al lado, en la gran pantalla que cuelga de la pared está puesto MTV. Mientras su compañera saca la basura y se prepara para irse, los invita una nueva ronda de cervezas para seguir conversando con ellos.

Por un momento se distrae y se queda mirando unos segundos la TV. Bailarinas indias danzan al ritmo de sonidos que provienen de muy lejos. Están pasando el video de Major Lazer y DJ Snake al que MØ, esa joven danesa, nueva figura del pop, le pone la voz. La canción se llama Lean On y el video es uno de los quince más vistos en youtube con más de 2 mil milllones de reproducciones.

 

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Viajar

La verdad nunca me atrajo mucho viajar, pero esta vez, las ganas de encontrarme con dos personas a las que quiero mucho y hacía mucho no veía me llevó a cruzar el Atlántico, recorrer miles de kilómetros y llegar hasta un barrio que pasaría desapercibido en cualquier otra ciudad, si no fuera por su historia y las personas que allí viven.

En una ciudad bastante desconocida para la mayoría de nosotros existe un barrio llamado Errekaleor. Su historia es larga y compleja pero bien interesante. En él vive la comunidad Errekaleor Bizirik, un grupo de 150 personas que intentan demostrarle al gobierno local y al mundo entero que se puede elegir vivir de otro modo al globalmente impuesto.

Ongi Etorri (Bienvenidxs) Mural en el bloque número uno en la entrada al barrio.
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La ciudad es Vitoria-Gasteiz, una de las cinco ciudades más importantes del País Vasco. El barrio está en los bordes del centro de la ciudad y posee 32 bloques de dos plantas y doce departamentos en cada bloque. El barrio fue abandonado lentamente por sus dueños originales debido a la presión engañosa del ayuntamiento local, quien los obligó a vender a cambio de supuestos mejores lugares para vivir.

Luego de la recuperación inicial de un pequeño grupo de estudiantes hace 4 años, Errekaleor se ha convertido en el mayor barrio ocupado del Estado Español y uno de los más grandes de Europa.

Hace poco menos de un mes, el alcalde local avaló la orden de cortar completamente el suministro eléctrico al barrio. Desde ese día los bloques y las calles quedaron a oscuras. Ese fue el primer paso contundente, luego de años de amenazas, en el camino hacia el derribo del barrio entero.

“De tal palo, tal astilla” se lee en el mural del bloque 22. Allí se ve a Romualdo Barroso junto a su padre. Ambos vivían en ese bloque. El joven fue uno de los 5 muertos en la represión del 3 de marzo de 1976 en Vitoria.
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Al recorrer un poco entendimos las razones, por un lado el barrio se encuentra en un lugar inmejorable para un negocio inmobiliario millonario y por el otro, la organización que allí se desarrolla demuestra otras formas de habitar la ciudad. Nos encontramos una huerta comunitaria que puede abastecer al barrio completo, un centro cultural, un cine-teatro, una panadería, un ropero donde cualquiera puede dejar y retirar prendas gratuitamente, entre otros proyectos comunitarios.

Ante esta situación casi diez mil personas nos manifestamos por las calles de Vitoria el sábado 3 de junio y marchamos desde una de las plazas centrales de la ciudad hacia el barrio. En ese mismo momento la comunidad de Errekaleor lanzaba una campaña de financiamiento colectivo para que cualquier persona del mundo pueda aportar dinero para la instalación de 500 paneles solares que le darán autonomía energética al barrio.

Mientras los habitantes de Errekaleor solo buscan formas de construir más y mejores lazos sociales, el gobierno local solo se empecina en destruirlos.

Concentración en la Plaza de la Virgen Blanca.
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Finalmente, este pequeño recorrido también incluye música para compartir. Luego de la manifestación, Berri Txarrak, una de las bandas más populares del País Vasco, dio un recital sorpresa en el barrio. Un power trío con más de 20 años de carrera y 8 discos editados, con canciones íntegramente cantadas en euskera.

Fui por algunos abrazos y muchas charlas, y me encontré con una comunidad buscando autonomía dentro de otra comunidad buscando autonomía. Con todas las contradicciones que ello implica.

Fui también por los paisajes, y descubrí que a pesar de la distancia que -supuestamente- nos separa, también nos unen las ganas y los pasos concretos en el camino hacia construir otro mundo donde se pueda elegir como vivirlo.

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Tres Más

En Belgrado, la capital de Serbia, nació un trío de punk rock renovado. Cualquier desprevenido que no perciba ese acento en ese idioma que claramente no es inglés podría sospechar que se trata de una banda inglesa, pero no.

Formada por el cantante y guitarrista Boris Vlastelica y la baterista Milena Milutinović en 2005, luego sumaron a la bajista y cantante Ana-Marija Cupin. Tres discos, algunos premios y muchas caras de sorpresa entre los que de manera desprevenida los comenzamos a escuchar.


Diego Martez es un joven cantautor platense con cuatro discos en su haber y uno a punto de salir. En su ùltimo disco hasta la fecha, No sirvas ahí la tormenta participan junto a él otros 26 músicos de su ciudad.

Un disco plagado de hermosas y crudas historias de amor. Canciones que traen múltiples imágenes del cielo y el mar. Melodías bien simples y profundas. Un paseo sensible entre variedad de emociones.

En Lo perdido, su disco por llegar, lo acompañarán como invitadas Sofía Viola y Charo Bogarín de Tonolec y tendrá la producción de Shaman Herrrera.

Diagrams es Sam Genders y un grupo variado de músicos que van circulando a su alrededor. Para Dorothy, su último disco publicado hace unos días, retoma la poesía escrita por Dorothy Trogdon y la rodea de suaves melodías folk con una sutil base electrónica.

Una propuesta muy ambiciosa, exitosamente resuelta. Las letras, poemas originalmente publicados hace décadas, parecen escritas para esas melodías.

Genders fue miembro fundador de la banda de folk experimental Tunng, es probable que de allí provengan esos coqueteos con los ritmos electrónicos y un leve acercamiento a los sonidos de pop internacional. Juntos han construído un disco perfecto para disfrutar durante este otoño.


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Testimonio

Una de las tareas más hermosas que puede encarar un artista es dar testimonio, mediante su obra, del momento histórico que vive. Sin dudas toda producción artística -por acción u omisión- da cuenta del momento de época, pero hay algo especial en aquellas que discuten lo establecido.

A veces los músicos pueden romper lo esperado desde lo estrictamente musical, abandonando la comodidad de hacer la música que se espera que hagan, otras veces pueden hacerlo mediante un discurso claro y conciso. Más allá de las formas está claro que el correlato entre obra y momento no depende solo del artista. El tiempo -y los hechos- ubica las cosas en su lugar.

Los Espíritus son una banda que han roto varios moldes dentro del rock nacional de los últimos años. El 1 de mayo publicaron su último disco: Agua Ardiente. Una obra que combina ritmos típicos del folklore del norte de nuestro continente con la identidad de nuestro rock, todo ello entrelazado por la descripción de variedad de aristas de la época que vivimos.

Fuertes huracanes que caminan hacia el sur, mares para encontrar cuando todo se vuelva oscuro, mujeres perdidas en el fuego de las hogueras, la rueda que mueve al mundo y alimenta a unos pocos, la búsqueda de la luz como respuesta, la mirada cotidiana de los hombres en el subte, trenes que se cruzan y mapas vacíos, las armas que descarga el oficial, la espera de la luna llena, los milagros de cada instante y cada instante de eternidad.

Este video fue realizado por el colectivo de comunicación Emergentes con imágenes tomadas en la movilización realizada el 10 de mayo a Plaza de Mayo en la Ciudad de Buenos Aires que rechazó la posibilidad de beneficiar a militares condenados por delitos de lesa humanidad. La canción que lo musicaliza es Huracanes, el primer tema del nuevo disco de Los Espíritus.

Más allá de los gustos y las estéticas, se agradece que una banda elija ubicarse en un lugar claramente diferente. Ni mejor, ni peor, ni lindo ni feo: diferente. Su mensaje se convertirá, o no, en testimonio a medida que el tiempo transcurra, mientras tanto, no faltará oportunidad para que su música ilustre auditivamente nuevas postales de los momentos que vivimos.

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Charco

Ver Charco es una experiencia sumamente emocionante para todos aquellos que disfrutamos de la música del Río de la Plata y que compartimos la intriga por conocer los recovecos en las formas del intercambio cultural, y específicamente de las influencias recíprocas entre las músicas de ambas orillas.

Escuchar las palabras de Fernando Cabrera frente a su casa natal o a Fito contando como conoció a Charly y a Spinetta. Ver como Daniel Melingo habla desde su casa del delta o recorrer las calles de Montevideo con Edu “Pitufo” Lombardo entre las cuerdas de tambores. Escuchar a Dolores Solá y Acho Estol alrededor de un fogón en la pampa bonaerense o a Vera Spinetta cantando “Quedándote o yéndote” son solo ejemplos de esa unidad indisimulable.

Charco es la demostración en formato audiovisual de la unidad musical compartida por dos zonas geográficas, naturalmente unidas -no separadas- por un gran río, pero artificialmente divididas. Buenos Aires y Montevideo. Argentina y Uruguay. Construcciones ficticias desde el vamos, fronteras marcadas con tinta en un mapa. Límites que la comunidad musical no reconoce del todo.

Un ida y vuelta que excede largamente lo musical, y que se consolida en las formas concebir lo mestizo en la cultura toda. El recorrido a través de las voces de músicos, productores, periodistas, poetas, personajes que vivieron el desarrollo musical de los últimos 50 años, se ven plasmados en la generaciones posteriores y que, contra los pronósticos apocalípticos de las voces masivas, gozan de excelente salud en la actualidad.

Charco le escapa rápidamente a la mirada retrospectiva propia de un museo de antigüedades musicales y sale a buscar de la mano y la escucha de Pablo Dacal las voces musicales de cantores y cantoras que no solo mantienen viva esa comunicación cultural, sino que aportan una mirada consciente y decidida del camino que recorren.

Todos aquellos que disfrutan de la música rioplatense tienen una hermosa oportunidad de romper con las visiones fragmentadas, que intentan poner todo en casilleros rígidos, y encontrar esa unidad entre las orillas de este pequeño charco.

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Infierno encantador

Ayer fui a ver al Indio. Por primera y última vez. Fui motivado por una curiosidad sociológica. Eso les respondía a los que me preguntaban por qué iba. Yo no soy fan de Patricio Rey, mucho menos del Indio Solari, no conozco de memoria sus temas, ni siquiera el nombre de sus discos.

Fui porque me interesa la música, y particularmente la música en vivo y todo lo que la rodea. Terminé por concluir que, lamentablemente, la música dejó de ser lo más importante en este caso.

En primer lugar produce vergüenza e impotencia la distancia abismal entre las coberturas informativas masivas y la realidad de lo sucedido. Todas las notas sobre el tema tienen algo falso o incompleto. El caso extremo es la Agencia Télam (que no mandó enviados a Olavarría porque no paga viáticos) diciendo a la 1am del domingo que “había diez muertos” tomando publicaciones de redes sociales como fuentes.

En segundo lugar resulta inaceptable que exista la posibilidad que una persona pueda morir por ir a un recital. Si esa posibilidad existe, es porque existen también una serie de eventos previos que crean las condiciones. Esa serie de eventos previos produjo que la ciudad de Olavarría (y a esta altura cualquier ciudad donde se haga el recital) se encuentre desbordada, pero lo que es más grave, sin capacidad de respuesta ante una eventualidad o emergencia.

El Indio en su penúltima entrevista dijo textualmente “mi público no acepta el sold out”, haciendo referencia a que en sus recitales las entradas no pueden acabarse. Esto produce un efecto concreto: todo el que concurra podrá entrar, con o sin ticket. Y aún más, si se propusieran controlar quién tiene entrada y quien no, no se podría. Durante más de dos horas previas al inicio dos columnas colmaban de lado a lado cada una de las calles de acceso en una marcha sostenida. Resulta impensado e impracticable solicitar entradas en ese contexto.

No es casual que al ritual se le llame misa, es lo más parecido a una de las procesiones que los lujanenses estamos muy acostumbrados a recibir en nuestra ciudad. La diferencia es que en la ricotera, al menos la mitad de los participantes, en este caso cerca de cien mil personas, llegan al menos un día antes, se instalan donde pueden, escuchan música, bailan, hacen asado y toman cerveza y fernet sin límite.

Sorpresivamente para los prejuiciosos, en ese contexto el espíritu de comunión es tal que, aunque a la hora del recital muchos se encuentran bajo los profundos efectos del alcohol, no se produce ningún tipo de disturbio, ni peleas, ni destrozos, ni siquiera una discusión. El nivel de armonía entre los participantes es envidiable.

Con los hechos consumados y dos muertos más que se suman a la trágica historia de las presentaciones en vivo del Indio Solari y del rock argentino en general, queda claro que resulta muy difícil que eventos de esta magnitud puedan ser organizados por una pequeña productora de manera óptima.

Entre otras falencias graves, las instalaciones no eran suficientes, el personal de control y seguridad no era suficiente. El acceso y egreso del predio no era el más adecuado para tamaño caudal de personas y no había indicaciones ni señalización suficiente.

Y tercero, la misa ricotera es (o era) sin lugar a dudas el último evento masivo de carácter puramente popular que le queda (quedaba) al rock argentino. La desidia generalizada de la productora y del Estado no es casual. Como todo en este mundo, las condiciones adecuadas de bienestar, previsibilidad y seguridad solo están garantizadas para los que pueden pagarlas.

Es por este carácter popular que los medios se ensañan y logran instalar la idea que no es posible que nos encontremos a disfrutar masivamente. Intentando convencernos que no sabemos cuidarnos entre nosotros. No toleran que cientos de miles de jóvenes y laburantes, provenientes principalmente de las clases populares, convivamos en armonía. Pero cuando algo lamentable ocurre, es suficiente para demonizar todo lo sucedido.

Lo anterior no implica que no haya responsables. Todos los que estuvimos en decenas de recitales masivos de rock, sabemos que hay que estar preparado para soportar mantenerse adelante. Pero ninguno de nosotros estuvo en esa situación junto a otras 300 mil personas. Eso no es posible sin muchas probabilidades que suceda lo que ya todos conocemos.

Supongo que es un hecho que esta fue la última presentación en vivo de Carlos Alberto Solari en un escenario. Pero no porque él lo haya decidido, sino porque otra vez nos obligan a pisar el límite de lo tolerable para comprender que así las cosas no pueden realizarse sin consecuencias trágicas. Llegar a esta conclusión es inevitablemente triste.

Escribo esto con lágrimas en los ojos. Las mismas lágrimas que tenía cuando decidí alejarme durante el recital, con una mezcla de miedo y bronca, porque intuía que algo trágico podría pasar. Son lágrimas que surgen de esa misma tristeza, porque una vez más personas mueren por el solo hecho de ir a ver un recital de rock.

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Seis

Steve Reich, compositor de “Música para 18 músicos”, y uno de los pianistas fundadores del movimiento minimalista en la música, fue quien durante la segunda mitad de la década de 1960 estudió y creó una técnica compositiva llamada “desplazamiento de fase”. Luego de ese período compuso varias de sus obras más conocidas entre las que se encuentra “Six Pianos” del año 1973.

Recién en 1977 esa composición es editada en un LP a partir de una grabación en vivo y sin cortes. En 1986 Six pianos es adaptada en una versión para seis marimbas. Sigo creyendo que ese es el instrumento que produce uno de los sonidos más hermosos que existen.

En noviembre de 2016 Steve Reich reúne a seis de los pianistas más innovadores de la escena musical actual para grabar nuevamente esa composición, ahora por primera vez en un estudio.

El resultado son veintidós minutos y catorce segundos de un viaje durante el cual todo parece predecible.

La aparente repetición por momentos nos invita a creer que allí no habrá novedad. Sin embargo el desplazamiento sutil del sonido va conformando un clima en el que los seis pianos se convierten en algo parecido a un caudal de agua. Un río que al ser observado fijamente cambia de maneras casi imperceptibles, que parece homogéneo aunque nunca lo sea.

En el sitio web de “Six pianos” se puede elegir cuál o cuáles de los pianos se oyen y cuáles no, personalizando las capas de ese caudal incesante.

A través de ese juego podemos apreciar como cada instrumento se suma al caudal y como las capas se fusionan hasta componer ese río y su totalidad.