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Anonimato

Durante el 2017 se cumplieron cien años del nacimiento de dos de los artistas más importantes de la música popular latinoamericana. Violeta y el Cuchi comparten una virtud difícil de encontrar y que es considerado como el principal elogio para la obra de cualquier artista musical.

Sus canciones han sido incorporadas al imaginario popular y esa incorporación prescinde por completo del conocimiento de su autoría. Tal como lo relata Manolo Juárez en la presentación de aquel memorable concierto del Cuchi en 1983, retomando la máxima de Yupanqui que reconocía en el anonimato de las obras la culminación del camino al reconocimiento.

Es conocida la historia que relata el Cuchi cuando, al cruzarse con un joven que pasaba en bicicleta silbando la Zamba del pañuelo, él le pregunta si conocía la canción. El joven le contesta que no, que solo la silbaba porque le gustaba.

“Esa es la función social de la música”, decía Leguizamón. No importa como se llama la canción, mucho menos quien es su autor o autora. Lo único importante es que acompaña a ese joven en su andar.

Con Violeta pasa algo similar. Ella también fue un puente entre las obras presentes en la cultura desde tiempos remotos y las formas modernas de difusión y circulación. Su cancionero es en gran parte el fruto de interminables recorridos por lo más profundo de la cultura trasandina y del inquebrantable compromiso con los tiempos que le tocó vivir.

Mariana Baraj y Fernando Barrientos han combinado el repertorio de ambos artistas en una serie de recitales como homenaje, de allí surgen estos 14 ejemplos, 14 canciones para recordar y tener siempre a mano para seguir silbando cuando vamos de aquí para allá.

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