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Anonimato

Durante el 2017 se cumplieron cien años del nacimiento de dos de los artistas más importantes de la música popular latinoamericana. Violeta y el Cuchi comparten una virtud difícil de encontrar y que es considerado como el principal elogio para la obra de cualquier artista musical.

Sus canciones han sido incorporadas al imaginario popular y esa incorporación prescinde por completo del conocimiento de su autoría. Tal como lo relata Manolo Juárez en la presentación de aquel memorable concierto del Cuchi en 1983, retomando la máxima de Yupanqui que reconocía en el anonimato de las obras la culminación del camino al reconocimiento.

Es conocida la historia que relata el Cuchi cuando, al cruzarse con un joven que pasaba en bicicleta silbando la Zamba del pañuelo, él le pregunta si conocía la canción. El joven le contesta que no, que solo la silbaba porque le gustaba.

“Esa es la función social de la música”, decía Leguizamón. No importa como se llama la canción, mucho menos quien es su autor o autora. Lo único importante es que acompaña a ese joven en su andar.

Con Violeta pasa algo similar. Ella también fue un puente entre las obras presentes en la cultura desde tiempos remotos y las formas modernas de difusión y circulación. Su cancionero es en gran parte el fruto de interminables recorridos por lo más profundo de la cultura trasandina y del inquebrantable compromiso con los tiempos que le tocó vivir.

Mariana Baraj y Fernando Barrientos han combinado el repertorio de ambos artistas en una serie de recitales como homenaje, de allí surgen estos 14 ejemplos, 14 canciones para recordar y tener siempre a mano para seguir silbando cuando vamos de aquí para allá.

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Extraordinario

El 1 de diciembre ocurrirá un encuentro por primera vez. Dos músicos que, para los esquemas habituales del pensamiento musical tienen poco que ver entre sí.

El Chango Spasiuk es uno de los músicos más extraordinarios de la la actualidad. Dotado de un silencio y una constancia poco vistas en la escena, además de ser uno de los divulgadores más prolíficos del folklore de las profundidades de nuestra cultura, ha sido uno de los precursores en llevar a la práctica el encuentro entre los mal llamados “géneros musicales”.

El 24 de octubre de 1992 se subió al escenario de Obras Sanitarias para compartir una versión de “Ortega y Gases” con Divididos. Ese día Mollo lo presentó como “el mejor músico del mundo”. Por aquellos tiempos -y durante varios años- el público arengaba de manera insistente la falsa dicotomía entre Luca y Cerati, en ese contexto de enfrentamiento entre tribus musicales era una rareza, y todo un desafío, que un folklorista sea parte del mundo del rock. El Chango fue uno de los primeros.

Pedro Canale, mejor conocido como Chancha Vía Circuito, es uno de los productores y compositores más innovadores de las última década en nuestro país. Mientras en todo el mundo el mestizaje musical es casi natural en estas tierras los cruces entre géneros continúa relegado a tribus que, aunque se amplían día a día, no terminan de convertirse en un fenómeno popular.

Muchos lo conocieron por su composición que reinterpreta “Quimey Neuquén” de José Larralde y que fue utilizada en el décimo capítulo de la quinta temporada de Breaking Bad. Otros porque lo escuchan desde Rodante (2008) su primer disco editado por ZZK Records, el sello que creó el colectivo Zizek para difundir sus propias producciones.

El viernes primero de diciembre se cruzarán en un escenario, el recorrido profundo y arraigado en músicas de origen como las polkas y los chamamés, la tierra colorada y la magia del acordeón; con los sonidos provenientes del beat que surge desde el conurbano bonaerense pero que no reconoce fronteras.

Un encuentro entre músicos ensañados en tomar las raíces del sonido y llevarlas hasta donde sea necesario.

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Unidad

En el parque hay un camión. Uno de esos grandes de verdad. De los que tienen esas cajas blancas cerradas en las que hace mucho frío, solo cuando el motor está en marcha. El camión tiene, un motor en marcha. Se escucha ruido, o mejor dicho, un sonido continuo y repetitivo, una especie de vibración permanente que rompe los sonidos habituales.

En el parque hay muchos árboles y hay viento. A esta altura de la primavera las hojas tienen un tamaño considerable. Al fijarles la vista, las hojas bailan, les cuesta tocarse, aunque lo hacen. Van y vienen, suben y bajan en una danza que no conoce de coreografías. Las hojas son el complemento especial para ese viento incesante y suave.

En el parque hay tres varones. Bailan alrededor de una pelota que rueda. Hacen todo tipo de figuras intentando dominarla. El individuo que más la domina parece ser el más feliz. Son tres puntos de una figura geométrica que se desliza sin parar desde sus vértices, generando miles de variantes mientras lo hacen.

En el parque hay un juego. Enorme. Por una extraña convención social los juegos son de uso casi exclusivo de las personas que transitan la niñez. Son muchas. Todas al mismo tiempo recorren las partes de ese enorme juego. Van y vienen, suben y bajan, dibujan infinitas líneas, pero mantienen una regla básica: no se chocan. Conviven en ese espacio con una sincronía que evita todo conflicto.

En el parque hay un grupo de cuerpos. Se mueven. Generan sonidos. Deslizan en el aire variedad de curvas con sus manos. Transitan con la mirada miles de recorridos posibles. Se acomodan junto al viento y son una sola cosa. Sostienen la continuidad y la cambian por más movimiento. Van y vienen, suben y bajan. Ven sin mirar.

La unidad está presente. Los elementos se fusionan. Aparecen universos de unidades que conviven en un espacio. Los cuerpos juegan a parecerse al viento, juegan a parecerse a las hojas, juegan a parecerse a esos niños.

Sin reglas.

La unidad de los cuerpos, el ensamble con los sonidos y la convivencia imperceptible con el entorno.

El camión junta sus cosas. Las hojas están en reposo.  La pelota aparece quieta. La niñez se ha ido. Los cuerpos descansan. Todo vuelve a la normalidad.

La música que nos hace mover es la que recupera esa esencia milenaria que está guardada en cada uno de los cuerpos. Una memoria que atraviesa miles de años, y recupera la experiencia de vivir la música en movimiento, sin más.

Ayub Ogada, músico y cantautor keníata, nacido en Mombasa en 1956 es uno de los incontables artistas que han roto todas las barreras para trascender las fronteras que separan la música ancestral de los circuitos masivos de circulación de la música.

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Continuidad

Ya no leo como antes. Ni en extensión ni en profundidad. Me dejo interrumpir demasiado por las pantallas y las notificaciones que desarman el clima. No recuerdo cuando fue la última vez que estuve tres horas leyendo sin parar.

Hoy, por primera vez en más de siete años de vida, Amanda mantuvo su atención en un mismo objeto durante más de tres horas sin interrupciones.

Ese objeto es un libro.

Eso no la convierte en un ser especial, ni a ella ni a ninguno de los y las que la rodeamos. Es, tan solo, el resultado de un largo proceso.

Desde siempre supimos que las pantallas no son recomendables para las niñas pequeñas (para los niños tampoco). Jamás le dimos un teléfono o tablet para entretenerla mientras hacíamos otra cosa. Los dispositivos electrónicos son para ella un elemento más dentro de su universo lúdico.

Cada noche, desde que nació, se duerme luego de escuchar cuatro o cinco cuentos. Y lo mismo en sus siestas. Casi nunca nos negamos a interrumpir lo que estamos haciendo para aceptar su pedido de lectura de un cuento.

Hoy, por primera vez en su vida, se sentó en la mesa de la cocina a leer uno de sus libros de historietas. Me avisó que iba a leerlo todo. Allí estuvo, sentada, con la vista clavada en esas páginas, inmersa en vaya uno a saber que mundos.

Nada la había interrumpido, ni yo, ni ninguna notificación. Hasta que levantó su mirada.

El 9 de diciembre de 1964 John Coltrane grabó junto a su cuarteto lo que muchos consideran su obra maestra: “A Love Supreme” (Un amor supremo). Casi la totalidad de la obra de Coltrane está directamente relacionada con el momento histórico y político de plena efervescencia sobre los reclamos por los derechos civiles de la comunidad afroamericana en USA.

Pero en este caso “A love supreme” es un disco espiritual, el resultado de la búsqueda de Coltrane hacia la trascendencia. Algunos dicen, la búsqueda de un camino que lo acerque a Dios. Para mi, su búsqueda de mostrar su virtuosismo a través de la continuidad infinita.

Amanda levanta la mirada y pregunta “¿Ese señor va a hacer ese ruido para siempre…?”

Miro y van casi siete minutos del tercer movimiento de la suite, se llama Pursuance, en criollo, prosecusión, la continuidad de algo que ha empezado.

La única continuidad que nos gobierna últimamente es la de darle para arriba sin parar a las novedades de las redes sociales, intentando encontrar algo, sin saber muy bien que. Una continuidad de miles de fragmentos incongruentes.

Continuidad que se opone a la posibilidad de dedicar el tiempo que sea necesario a contemplar e indagar un libro, un disco, una charla o simplemente lo que la ventana nos muestre.

Continuidad que se opone a la posibilidad de tomar un objeto y dejarnos llevar a vaya uno a saber hasta que mundos.

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Caminar

Caminar tiene efectos secundarios temerarios. En primer lugar estimula el pensamiento. Decía Nietzsche que “hay que sentarse lo menos posible: no creer en ningún pensamiento que no haya surgido al aire libre y estando nosotros en movimiento“.

El filósofo alemán sostenía que el sedentarismo envenena la humanidad. “Estamos acostumbrados a pensar al aire libre, caminando, saltando, subiendo, bailando“.

Para la economía tradicional caminar es tiempo perdido, no produce riqueza.

Rimbaud, Rousseau, Thoreau, filósofos y artistas que vivieron el incipiente desarrollo arrasador del capitalismo se preguntaron “¿Qué provecho saco de una larga caminata por el bosque? El provecho es nulo: no se ha producido nada que pueda luego venderse”.

Mucho más acá en el tiempo el filósofo francés Fréderic Gros, publicó su ensayo “Andar, una filosofía” donde recopila estas y otras historias vinculadas con el andar, la desobediencia, el disfrute y la creatividad. Allí señala que “en la marcha, la señal auténtica de la seguridad en uno mismo es la lentitud. Pero con ello me refiero a una lentitud del caminante que no es  exactamente lo contrario de la velocidad. Es ante todo la extrema regularidad de los pasos, su uniformidad. Hasta el punto de que casi se diría que el buen caminante se desliza, o más bien habría que decir que sus piernas giran, formando círculos”.

La misma regularidad, la misma circularidad presente en la música y algunas de sus formas. La misma regularidad presente en los números y algunas de sus formas. El movimiento incesante, continuo; que atraviesa el paisaje acompañado de los pasos que se suceden de nota en nota, de acorde en acorde.

Ulises Conti es un pianista y compositor. Productor, poeta y creador multifacético argentino. Nacido en 1975 es uno de los artistas más prolíficos y transversales de su generación. Sus obras y colaboraciones van desde Artefactos para dibujar sonidos (2005), una intervención musical para una de las instalaciones de León Ferrari; hasta su abecedario musical Los Griegos creían que las estrellas eran pequeños agujeros por donde los dioses escuchaban a los hombres (2014) que se compone de 27 temas: uno para cada letra del abecedario; pasando por variedad de piezas musicales originales para danza y obras teatrales.

Entre toda su obra, se destacan sus discos Los Paseantes (2007) y Bremen (2016) y los proyectos Caminar y Escuchar y Los Contempladores. Allí se recopilan los sonidos de diversas recorridas, caminatas y paseos. En variedad de situaciones personas son invadidas por sonidos y en todos ellos se combina la contemplación del ambiente y los sonidos que lo rodean.

Su último y reciente disco se llama 1234,8. Conti aborda en él por primera vez de manera íntegra las variantes dentro de la música electrónica.

1.234,8 es la velocidad a la que viaja el sonido. 1234,8 kilómetros por hora es el límite en el que se produce el boom sónico cuando cualquier artefacto supera esa marca. Los nombres de los temas son fracciones de ese número; la suma total de las piezas dan como resultado 1234,8.

Un arquitecto de los sonidos, en un obra dedicada a la velocidad de la luz para caminar a paso firme mientras se pierde el tiempo, pensando, haciendo nada productivo, a la vez que se contempla como esos sonidos se funden con el paisaje.

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Vida

Siempre me gustó hacer de los nacimientos un hito. Ese instante importante dentro de una continuidad mucho más amplia.

Un especie de ejercicio de rescate de  la incertidumbre. ¿Por qué es maravilloso el momento del nacimiento y en definitiva rescatable frente al de la muerte? Simplemente por la obviedad del segundo.

Todos sabemos que las personas importantes van a morir (y las que no lo somos también). Sin embargo nunca sabemos cuando una persona importante va a nacer. Ese instante que vemos a la distancia, con los hechos consumados, inicialmente no posee demasiada relevancia frente a otros similares.

Luego, cuando se toma el recorte particular de la vida de una persona socialmente relevamente, algunos celebramos la vida, la mayoría lamenta la muerte.

De todas maneras ambas son deformaciones sociales fruto de nuestra obsesión por lo puntual. Una obcecación permanente por reducir la totalidad a tan solo un detalle.

El 4 de octubre de 1917 fue jueves. Ese día en San Carlos de Itihue, cerca de Chillán, Nicanor Parra y Clarisa Sandoval tuvieron a su tercera hija a quien llamaron Violeta.

Ese es un punto en el todo, allí la continuidad hizo un alto, y nos dio una excusa para recordarla:

Violeta Parra: Viajes de una mujer que no para de renacer

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Poesía

Él se nombra como poeta, luego todo lo demás. Afrodescendiente, uno de cinco hermanos, hijo de padre y madre violentos y estrictamente católicos. A los 9 años comienza a jugar con un piano que trae a su casa uno de sus hermanos. Escapa y vive con su abuela hasta que esta muere y queda solo en la vida. A los 19 años se muda de Londres a París. Vive casi como mendigo los primeros meses, saltando de albergue en albergue para evitar que le roben las poquísimas cosas con las que contaba. Hasta aquí la historia de miles.

Completamente autodidacta. Canta en el subte de París, y luego en algunos bares. Un día un productor le propone grabar algo. Surge Cornerstone un EP de tres canciones. Y luego At Least for Now el disco que lo ubica como el artista revelación de la música inglesa de los últimos años.

¿Qué diferencia a Benjamin Clementine de los miles de artistas musicales que nacen en un barrio pobre y deciden hacer de la música su vida?

La respuesta no existe.

Todos los elementos musicales en sus canciones están puestos a disposición de la poesía. Es en esencia un poeta. Cuando se le pregunta por su infancia, responde que lo único que puede decir es que se pasaba las tardes escapando de la violencia familiar leyendo en la biblioteca que había junto a su casa.

En  su mirada perdida y en la profundidad de su voz se ven y escuchan a Nina Simone, Billie Holiday, a Bola de Nieve y a Édith Piaf.

No se cansan de preguntarle por la tristeza y soledad de sus canciones, no se cansa de responder que su vida es luminosa como un arcoíris y que su poesía intenta acercarse las preguntas fundamentales de la humanidad. Las preguntas que la vida le obligó a responder para sobrevivir.

En vivo toca el piano descalzo y con un abrigo porque es más cómodo. Y porque es como aprendió a hacerlo frente al frío en su casa natal.

Cada canción es una obra teatral. Donde cada elemento construye un clima, arma y desarma una escenografía para enviar un mensaje. Cuando le preguntan, Benjamin Clementine explica que detrás de todo eso, únicamente se encuentra la posibilidad y el deseo de tener algo para decir.

No hay simulación, ni montaje, no hay en su música un acomodamiento forzado a los parámetros esperables de la actualidad musical. Solo hay un músico haciendo poesía.

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2:54

Pitágoras fue la primera persona de la historia de occidente en llamarse matemático a si mismo. Era en esencia un religioso, pero eso no le impidió ser el fundador de una escuela que sostenía, entre otras supuestas verdades, que a través de los números se podía acceder a todo el conocimiento universal.

Esa escuela de pensamiento también fue una de las primeras en aplicar los conocimientos matemáticos a la teoría musical. Elaborando el germen del sistema sobre el que se compuso -y compone- casi toda la música occidental moderna.

Los pitagóricos veían en los números, entre otras cosas, la perfección; característica fundamental de cualquier deidad.

Existe una teoría jamás demostrada que reza que cualquier disco o canción que lleve por nombre un número posee el don de la perfección. Como si se tratase de un lejano e inútil homenaje a los pitagóricos, aquellas personas de la antigüedad que emprendieron la tarea imposible de explicar todo a través de los números.

Abundan ejemplos, desde los discos de Led Zeppelin hasta los de Föllakzoid, desde la Sinfonía n.º 5 hasta 4-4-2 de  Morbo y Mambo. Hace tiempo empecé a acumular todos estos y más ejemplos en una lista de spotify que se nutre de a poco de esa obsesión y sus descubrimientos.

Lo que resulta raro es encontrar bandas con nombre de número o puros números en su nombre.

2:54 es uno de esos pocos casos. Banda londinense encabezada por las hermanas Colette y Hannah Thurlow. Su nombre proviene de un instante. Más precisamente del segundo exacto en el que se produce una hermosa inflexión en una canción. Esa canción pertenece a la banda estadounidense Melvins y es “A History of Bad Men” el track 8 del disco “A Senile Animal” del año 2006.

Las hermanas Thurlow perpetúan con el nombre de su banda ese momento en el que el bajo cambia completamente y nos empuja a desvanecernos junto a lo que resta de la canción.

Más allá de este detalle que da origen al nombre de la banda, y de la imposibilidad de clasificarla en alguna de las miles de etiquetas musicales, 2.54 hace honores a la búsqueda de la perfección a través de los números. Pero además tiene una particularidad que no muchos califican como virtud: posee una sonoridad fácil de vincular a variedad de bandas clásicas pero con ese algo novedoso que impide identificarla con una en particular.

2:54 es una hermosa banda para escuchar de noche.

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Rodar en el horror

PEZ hace dos cosas al mismo tiempo. Las dos son igual de urgentes. Y no hay ningún tipo de virtud especial en esta tarea, se trata tan solo de la consecuencia lógica de un camino que lleva años de andar y una profunda tozudez en ese recorrido.

Se expresa ante el horror mientras recorre la belleza.

A fines de julio publica “Pelea al horror”, un disco fruto de las sensaciones que provoca la coyuntura social y política. Por momentos una forma de plantar bandera y por momentos un viaje que visita otros momentos de la banda. Se pueden leer hermosas reseñas del disco, como la de Eduardo Fabregat, la de Martín Graziano para Zona de obras o la de Roque Casciero para Silencio.

Pero además de dar pelea al horror PEZ rescata la belleza y la importancia de las fuentes del rock de nuestros pagos. Acaba de publicarse “Rodar”, el disco en el que la banda pone el hombro para que Litto Nebbia festeje, recuerde y disfrute sus 50 años con el rock nacional.

Sin dudas se puede combinar belleza y horror, elementos que conviven en nuestra realidad cotidiana. Resulta posible y urgente que los artistas se comprometan en ambas tareas: ponerle la banda de sonido a los momentos difíciles y al mismo tiempo abandonar las miradas que intentan silenciar las bellezas del pasado.

Seguramente muchos que jamás escucharon un disco completo de Nebbia lleguen a él de la mano de una acercamiento constructivo y no desde la vociferación habitual de nuestros días que reza que no hay nada nuevo bajo el sol del rock y que todo tiempo pasado fue mejor. El pasado contiene belleza, pero el presente también, solo hay que saber donde buscar.

Seguramente muchos que jamás escucharon un disco completo de PEZ lleguen a ellos de la mano de un acercamiento que valore y descubra la capacidad de hacer música a contramano del dios mercado y, como muchas otras bandas, por fuera del circuito comercial masivo.

Bienvenido el encuentro. Bienvenidos los que se expresan ante el horror sin dejar de hacerlo mientras recorren la belleza de ayer y de hoy.

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Fruto

En 1939 ella cantó por primera vez fuera del Harlem. Lo hizo en el Café Society. Allí donde se hacían juntadas políticas y era habitual que Abel Meeropol, una maestro de escuela, judío y comunista, cantara sus propias composiciones musicales. Cuando le mostró la canción por primera vez, ella no estaba convencida, pero de todas maneras le dijo a sus músicos que podía hacerlo.

La revista Time, escribió un pequeño artículo durante esos días, luego de sus presentaciones, en el que lamentaba que el jazz se haya politizado y en un arrojo de subestimación común para la época el cronista escribió: “ella seguramente no entiende la letra de lo que canta“.

“Un fruto extraño cuelga de los árboles del Sur galante.
Un cuerpo negro que se balancea en la brisa como en una pastoral
los ojos saltones, la boca en una mueca
el aroma dulzón de las magnolias y la carne quemada
que a los cuervos les gusta picotear
a la lluvia empapar y al viento balancear
es el fruto de una amarga cosecha”.

Difícil que alguien que cante esa canción no entendiera lo que había escrito Meeropol luego de ver el cuerpo colgado de un árbol de un afroamericano linchado.

En una edición de 1999, casi 60 años después, la revista Time definió a “Strange Fruit” (fruto extraño) como la mejor canción escrita durante todo el siglo XX. Seguramente esa canción no sería lo que es, si Billie Holiday hubiera evitado cantarla como lo hizo. Así, con la mirada perdida y los dientes apretados masticando la bronca que genera tanta violencia recibida.

Esta es una de las historias que cuenta el periodista Diego Fischerman en su último libro “El sonido de los sueños y otros ensayos sobre música”